viernes, diciembre 18, 2009

De Buenos aires, Argentina, Mónica Offredi (Turkesa) nos habla de La Búsqueda:


Cuando comencé la lectura de La Búsqueda, simplemente, ya no pude soltarla. En ese libro bulle una historia cargada de vidas, corajes y debilidades; de sentimientos encontrados, de horrores y de perdón que, mimetizándose en mi rutina, llegaron a aguardar pacientemente a que acabara de cenar, o de trabajar, para compartir sus avatares. Desde este lugar, puedo afirmar que para mí, en tanto lectora, La Búsqueda es la historia de una vida en la que las novelas pasan por otra parte. Primer mérito de la escritora: el recurso de su presentación, para luego respetar dicho eje hasta las últimas consecuencias. Admirable se me presenta que la autora no se haya tentado de utilizar la historia -en cuyo marco se desempeña la vida de Waldek- para pasearse por múltiples géneros literarios, abarcando más de la cuenta. Digo esto, porque tal apetito de saciedad se advierte en muchos autores contemporáneos, ávidos de absolutismo, enfermos de una suerte de tiranía literaria.

No es el caso de Blanca Miosi. La Búsqueda es una novela que no se queda corta ni se excede en alargues pretenciosos. Y en esa suerte de sometimiento a la trama, de dieta ego-literaria, es que radica el gran mérito de la descarnada y demoledora ternura que tras las bambalinas de los momentos más aterradores, acechan la historia y la rescatan, justo cuando la humanidad parece extinguirse sin posibilidades de retorno.

Tal vez sea por tal motivo que la encontré una novela en la que las obviedades, si las hay, son las de la vida misma. No se esquivan tampoco las profundidades, por más malolientes que resultaren los tajos a destajos de zanjones reales o imaginarios, de hambre del espíritu o de cicatrización del cuerpo maltratado, en el que –justo es destacarlo- nunca se apaga la luz del alma que lo habita.

La vida del protagonista abarca una parte esencialmente fatal de la historia de la humanidad; éste entra por pura casualidad en el horror, como muchos, permanece y sale de él, ni fortalecido ni en estado comatoso, sino como puede.

Nada más humano.

El horror casi siempre horroriza a los espectadores, nunca a los actores. No sé por qué, pero así lo he podido comprobar, y justamente ese es otro de los grandes méritos de esta novela, que no se recrea en el facilismo del espanto ni de lo morboso.

Es una historia contada con altura, pulso firme y mirada decidida. No se registran fisuras o vacilaciones en el desarrollo de la misma. Muy por el contrario, al acabar la novela, me sentí hermanada con Waldek, no como su admiradora, sino como una suerte de su cercana vecina. Waldek es cualquiera, y no lo es. Pero al mismo tiempo es un ángel que se refunda a sí mismo a fuerza de esperanza. Este protagonista respira un humanismo cercano, a veces demasiado; va y viene, tiene miedo, se sobrepone, se cae y se agranda, se achica y teme, desafía y llora. Pero no se conforma. No.
No recibe tierra.
Si se trata de sentimientos, desdeña la mesa de saldos; no se aviene a nada de menor estatura que el amor. No hay concesiones de las llaves esenciales por parte de este espíritu que sólo supo de avanzar sin aceptar mendicidades, pese a que en la saturación del agobio, hubieran constituido un oasis irreprochable. Sin embargo no es el caso de Waldek, por lo menos desde sus emociones y desde la percepción que se recibe de ellas. Y esa actitud de espontánea firmeza será su tabla de salvación. Es curioso que encontrándose en una suerte de tierra de nadie y a merced de los depredadores, aún cercado por las tentaciones, Waldek no se somete a las dádivas afectivas, ni tampoco materiales. No se cae. No lame sus heridas.
No es un genio ni un súper hombre. Es un hombre. Un hombre que ha sido lastimado desde todos los lugares. Que ha negociado y que no ha renegado de ello. Pero que no ha negociado sus ideales ni sus sueños, con independencia de la imposibilidad de concretarlos. Y que honra sus deudas, amorosas y de las otras.

Este hombre, que llega a la estremecedora conclusión de que “La vida es una sucesión de hechos absurdos en los que nadie puede poner orden.” Y de que “Hay demasiada maldad en el mundo para intentar pasar cuentas”, conmueve y enseña a no detenerse en la estupidez nimia de los caprichos del momento.

Es así que en las innumerables ocasiones en que la vida se lo quiere deglutir, él, en su inclaudicable sencillez y obstinación, acaba tragándose a la vida, y no al revés. Bebe de sus mejores vinos, aunque estos se hayan escanciado contadas veces.

Da gusto participar de la lectura de una historia de esta naturaleza, que a la par es documento y testimonio. Y digo participar, porque “leer” en este caso, me queda como un zapato demasiado ajustado. Es una narración que me ha tocado y sorprendido por la asombrosa y efectiva simplicidad de su abordaje, aún desde los ángulos de salvajismos y atrocidades. Y todo lo que he dicho precedentemente es mérito de la mano que ha movido la pluma, la escritora Blanca Miosi, a quien estoy orgullosa de contarla entre mis amistades literarias.

Pero independientemente de eso –porque el aprecio todo lo tiñe de tonos edulcorados- en mi caso, que más que nada amo la literatura, puedo decir que para mí, la novela es una joya sobria –pues rehúsa de lugares comunes-, incisiva y humana como pocas. Apenas es la historia de un muchacho que entró al horror de la segunda guerra por una puerta disparatada y que salió de ella contrarrestando desmesuras, impunidades, abandonos, culpas, dudas y, claro está, bestialidades, mediante la insólita y eficiente táctica de no concentrarse en ellos, sino en el día después. Increíble me ha parecido cómo está plasmada esta actitud del protagonista; la de desarticular negatividades abyectas sirviéndose de la nada sencilla pero eficaz fórmula de restarles importancia. Desde ese punto de apoyo, Waldek nueve su mundo y su vida, rehaciéndola a cada paso, unificando sus propios pedazos, sin detenerse ni mirar atrás y sin renunciar a los sueños.

Mis congratulaciones pues a Blanca, que ha sabido manejarse con genialidad evitando caer en narcisismos literarios tan de moda últimamente, que sólo hubieran logrado empequeñecer una historia mucho más valiosa desde su singularidad que el marco social y político en el cual hubo de desarrollarse.

Es así que al concluir la lectura me ha parecido que la vida es para Waldek “algo más que un puzzle que hay que resolver”, tal como dijera Franz Kafka en las líneas finales de su “Carta al Padre”.

Waldek es Polonia inerme sometida en la noche; es todos y cada uno de aquellos civiles que abonaron con su sangre y heroísmos anónimos una tierra arrasada, que entregaron la carne pero no la esperanza.

El sufrido y noble pueblo polaco, violentado en épocas siniestras por la infamia de demonios insospechados, ha sido reivindicado mediante esta excelente novela que, como un candelabro, ha venido a transmutar en ofrenda el pasado aciago. Ése tiempo de miserias sobre el que la fidelidad a la patria ultrajada pesa sobre el protagonista como una plegaria que alimenta el corazón.

Por lo menos desde mi mirada de lectora, así me ha parecido.


Mónica Offredi

http://www.expresamenteturkesa.com/